Un día apareció Raúl, con su sabiduría suprema y me animó a buscar mi libertad, no puedes seguir aquí, no es bueno para ti, así no deben ser las cosas, esto debe terminar. Era el sueño de mi vida, ser libre de esa esclavitud, pero ¿cómo iba a hacer? no tenía a nadie ni nada, ella ya se había ido al cielo, ella era mi única esperanza, ella mi abuelita Ana ya no me iba a poder defender ¿y ahora?
Sin embargo algo dentro de mí comenzó a pensar que esa opresión iba a terminar, que era necesario darle un fin a esos días y noches de tormento, pero no era capaz, si había algo que ya no tenía era fuerzas para luchar, si de mí dependía, no podría escapar.
Entonces ese alguien que me cuidaba, se encargó de planear mi libertad, se encargó de sacar su terquedad, y una noche de enero, ese cinco de enero el monstruo se hartó de mí, esta vez con una decisión: "me voy a vivir sola mire usted a ver que hace". Tal vez pensó que era mi fin, mi destrucción, pero jamás pensó que era el fin de mi esclavitud, que por fin iba a vivir.
Un mes más tarde todo terminó, o lo más visible llegó a su fin. Crucé ese río, salí a otro lugar, después de todo era mejor estar completamente sola, que vivir acompañada en opresión constante. Valía más, mucho más un estrato cuatro sin lujos, que seguir en ese seis con terror constante. No fui valiente, no fue por mí que salí, fue porque ese alguien me abrió el camino hacia mi Libertad.
Ahora venía el viaje más largo, ya no dormía con el monstruo, ya había por fin noches y despertares de paz; pero venía el mayor reto: el reto ahora era sanar. Cuando has vivido en esclavitud por tantos años, te olvidas de cómo es la libertad, te olvidas de quien eres, te olvidas que puedes amar y recibir amor, te olvidas de ti, completamente de ti. Y es de valientes, recomponerte, volver al diseño original, no ha sido fácil, aún hoy o bueno ayer luché con esa esclavitud mental, pero en esta cuarentena hoy recuerdo la fiesta de la Libertad.

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